Darwin management. Aprender de la ola que nos revolcó

El 2020 fue el año en el que más quietos estuvieron nuestros cuerpos y más inquietas estuvieron nuestras almas. Como viajeros en recuperación, pasamos horas sentados frente a una pantalla, sufriendo el síndrome de abstinencia de no estar haciendo un check-in.

Una ola lo cambió todo. Ha dejado un tendal en nuestras orillas: seres inertes que no pudieron sobrevivir a la brutalidad del golpe o a la prolongada duración del evento, seres que creían que el cambio hacia lo digital podía esperar o que no era tan relevante. La subestimación les ha salido cara, algunos han pagado con su propia existencia.

Soledad: El 2020 fue el año en el que más quietos estuvieron nuestros cuerpos y más inquietas estuvieron nuestras almas. Como viajeros en recuperación, pasamos horas sentados frente a una pantalla, sufriendo el síndrome de abstinencia de no estar haciendo un check-in. Ese gap entre nuestro GPS inmóvil y nuestros deseos caminando por las paredes ha sido demoledor. Nos dejó luxados.

Noreena Hertz, profesora de la University College London, publicó un libro que se titula El siglo de la soledad, editado por Sceptre, 2020). La autora asevera que la soledad incrementa el riesgo de enfermedades cardíacas y demencia. Aquellos que dicen estar solos pueden tener depresión y ser más hostiles a trabajar en equipo. Antes de la pandemia, en promedio, dos de cada cinco empleados se sentían solos. Con la pandemia, es más difícil hacer y mantener amigos, particularmente para los nuevos empleados. También es difícil para algunos de ellos comprender ciertas cuestiones de la cultura organizacional sin tener la experiencia de estar en las oficinas. Las empresas deberán ser creativas a la hora de generar los espacios sociales vitales para que no solo los resultados se cumplan acorde a lo presupuestado, sino también para que la innovación y la empatía fluyan.

Agilidad: Las compañías más conservadoras y reticentes a pasarse al mundo digital lo tuvieron que hacer en tiempo récord para seguir respirando. El Covid-19 también dejó sin aire a aquellos negocios que estaban jugando financieramente finito, sin márgenes. La marea de la pandemia borró sus nombres, escritos en la arena. Nunca fue tan riesgoso estar al límite.

El stress que vivieron los mercados internacionales en marzo se coló en toda la estructura de negocios. El universo de las pymes fue testeado de un modo letal. Como quien tira velozmente de un mantel, muchas rompieron toda su cristalería en décimas de segundo. Quedaron hechas añicos. No es fácil ver los sueños de décadas volando por los aires.

Pocos pudieron sostenerse frente a semejante tsunami. Las costas no han quedado iguales, la geografía y la fauna han cambiado. Como en una de esas películas apocalípticas de ciencia ficción, desconocemos la envergadura de lo que vendrá. Sin embargo, hay signos que nos permiten orientarnos en medio de esta noche que comienza y que no sabemos cuánto durará.

Analizando las empresas que sobrevivieron e, inclusive, lograron crecer durante la pandemia, surgen algunas dimensiones que describen su agilidad: estas compañías han sido capaces de reaccionar rápidamente al entorno; han descentralizado las decisiones operativas para lograr anticiparse al mercado y trabajaron en forma colaborativa con sus propios competidores. Había que sobrevivir.

Liderar:Recientes estudios confirman que durante la pandemia los empleados trabajaron, en promedio, dos horas más por día. Las quejas más relevantes tienen que ver con el exceso de Zoom o con la necesidad de estar respondiendo mensajes. Tal vez esta comunicación forzada es el resultado de la ansiedad de los jefes y gerentes que pensaron que los trabajadores remotos estarían descansando más que trabajando. El monitoreo constante y fútil fue una de las actitudes que definitivamente debieron modificar. Muchos jefes tuvieron que cambiar de paradigma. De liderar con la premisa del control a liderar basados en la confianza.

La revalorización de la escucha activa por parte de los líderes, fue uno de los logros positivos de la pandemia. La necesidad de líderes facilitadores que bajen del pedestal a embarrarse con la realidad de las personas surgió como una urgencia frente al encierro. Hubo que hospedar a los otros.

La pandemia significó que la mayoría de las conversaciones se lleven a cabo online. Al perder la posibilidad del lenguaje del cuerpo, la escucha atenta, sin interrupción ni distracciones se convirtió en clave para manejar la ansiedad de las personas. Un activo que los líderes se llevarán a sus vidas profesionales.

Virtualidad: La virtualidad ha permitido acortar los tiempos de las reuniones y evitar viajes que eran innecesarios. Es cierto, existen pocas cosas más placenteras que el cara a cara que permite esa empatía 360°. Sin embargo, hemos visto un nivel de productividad muy alto cuya fecundidad no se irá fácilmente.

El laboratorio social en el que vivimos el último año nos ha mostrado que se podía gestionar organizaciones enormes por video conferencia. Eso abarató costos y permitió, para algunos, una conexión familiar diferente. En ocasiones, se abrieron los ojos sobre una posible calidad de vida que balancee mejor la familia y el trabajo. No era imposible congeniar la unidad humana como muchos solían vaticinar. Aún queda bastante por hacer en este sentido en diversas compañías.

Ciertamente, otros están deseando volver a sus oficinas y que los niños retomen su actividad escolar. Muchos empleados sienten el peso de un año de encierro trabajando de la cama al living y continúan prefiriendo ir a la oficina de vez en cuando. Pero si algo quedó claro es que, donde antes se colocaban impedimentos o prejuicios, hoy brotan opciones. La idea controladora de que si uno no está constantemente visible no está trabajando, cambió para siempre. La paleta de colores se agrandó. Perdieron los carcamanes conservadores del negro o blanco.

¿La buena noticia? De acuerdo a una encuesta de The Economist, el 65% de las empresas relevadas planean permitir que los empleados tengan flexibilidad a la hora de trabajar en la casa o en la oficina. Esto, inclusive, luego de que la vacuna contra el Covid-19 haya sido distribuida.

En medio del encorsetamiento que produjo el aislamiento, se generaron espacios diversos de mayor libertad. Y eso siempre es bueno para los negocios.

La versatilidad es el gran capital que ha vencido en este 2020. Quien se adaptó sin prejuicios buscando la mejor opción en contextos cambiantes, fue parte del tour de los sobrevivientes. Nunca estuvo tan vigente el “Darwin management”.

Fuente: La Nación